Típico argumento para feos y feas. Gran verdad en construcciones de todo tipo.
Puedes llegar a compartir esto a menos que hayas estudiado arquitectura. En ese caso me crucificarás directamente.
Ya puedes estar delante del edificio más bonito de todos que si por dentro no funciona se puede convertir en tu peor pesadilla.
Llegar a casa después de un finde largo de viaje y encontrarte el congelador descongelado porqué ha vuelto a saltar el diferencial.
Saber de memoria el teléfono de asistencia técnica de los que te reparan la caldera porqué vuelve a perder agua.
Tratar de hacer equilibrios entre calentar la casa y que no te crujan con la factura del gas.
Tener un sistema domótico que te sectoriza la casa hasta por metros cuadrados y que no haya funcionado ni el día que terminaron la instalación.
Ya no se trata de lo que cuesta repararlo, que también. Aprietas los dientes, maldices al que te lo instaló y pagas.
De lo que realmente se trata es de la incertidumbre que genera el no saber cuándo diablos va a decidir volverse a estropear.
Y siempre siempre siempre va a ser en el peor momento posible.
Menos es más. Tendemos por naturaleza a complicarnos la vida inventándonos sistemas complejos para hacer virguerías cuando realmente solo necesitamos enfriar en verano y calentar en invierno.
¿Funcionan bien tus instalaciones?
¿Te acuerdas mucho del ingeniero que las proyectó?
¿Qué tal van esos paneles térmicos que te obligaron a poner para cumplir normativa?
Siempre hay algo que da por saco, que se estropea más de lo que nos gustaría y que nunca terminas de arreglar porqué todavía puede estar peor.
Eso que tienes en mente se puede solucionar, pero hay que dejar de lado el “mañana lo hago” y empezar a espabilar un poco.
Te pongo en bandeja el primer paso:
Cuéntamelo. Eso que sabes que no está bien y que tarde o temprano tendrás que arreglar.