“Ahora está a nombre de la empresa pero estamos haciendo los trámites para el cambio de nombre y lo tendremos hecho antes de finales de año. ¿Sirve para poder beneficiarnos de la deducción?”
Adoro estas situaciones porque me permiten decir sin tapujos “No tengo ni idea”.
“En cada proyecto aprendemos algo nuevo.”
“Día que no aprendo algo nuevo sobre mi trabajo, día perdido.”
“Siempre que pienso que ya no me queda nada nuevo por ver llega alguien y me lo pone todo patas arriba.”
“Soy idiota. Cada semana me doy cuenta de lo idiota que era la semana pasada y seguro que en 7 días me volverá a pasar lo mismo.”
“Si volviera a empezar haría las cosas de otra manera.”
Son frases que he oído o leído de distintas personas. Distintas personas y a su vez personas distintas. Seguro que tu alguna parecida también has oído.
Para mí esto son señales que me permiten identificar la mentalidad, filosofía o cómo quieras llamarle de la persona que tengo delante.
Lo practico con cualquiera con el que mantenga una conversación de más de 30 segundos. Una especie de radiografía mental a base de comentarios y actitudes. Con cualquiera eh! No lo puedo evitar, no tengo otra cosa en mi cabeza cuando empiezo a hablar con alguien.
El dependiente de la tienda de recambios industriales.
La autobusera que se juega salirse de su hora por esperar al impresentable de turno.
El amigo de tu amigo que se viene porque se aburre.
El programador de la empresa con la que colaboras.
Todos tenemos una manera de pensar y aunque nunca sirve para conocer a alguien al 100% sí que sirve para saber más o menos por dónde van a ir los tiros.
Los sabelotodos disparan todas mis alarmas. Aquellos que hacen afirmaciones rotundas, o que proclaman como verdades absolutas sus opiniones, o que no te escuchan porqué de eso ellos ya saben.
Puedes saber mucho sobre algo, tener muchísima experiencia, haber visto casos similares o alguna otra excusa que pueda servir para justificar que más ya no se puede saber. Y no será verdad. Por qué hasta del que acaba de llegar se puede aprender.
Llevo hechas ya unas cuantas certificaciones energéticas para que en la declaración de la renta hacienda esté un poco más triste. Todavía espero a que me lleguen dos iguales. Bueno, realmente no espero porque sé que no va a llegar.
Hace unos días me contactaron para hacer una certificación a una vivienda unifamiliar que se quería poner paneles solares y deducirse la inversión. Y en uno de esos correos previos a la visita que van muy bien para evitarse sorpresas…
“Por cierto, la casa está a nombre de la empresa.”
A lo que yo respondí que fantástico, pero que en ese caso no hacía falta que fuera a hacerles la visita para el certificado energético. El manual de la renta es muy claro al respecto: o eres propietario/a o olvídate de deducirte nada.
Y aquí viene la pregunta del millón:
“Ahora está a nombre de la empresa pero estamos haciendo los trámites para el cambio de nombre y lo tendremos hecho antes de finales de año. ¿Sirve para poder beneficiarnos de la subvención?”
…
Joder, pues yo que sé, esto tengo que consultarlo.
Si esperas la respuesta no te la voy a dar sin algo a cambio (risa malvada).
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